
Luz, más luz. Pilar Iturralde 2026
La racionalidad, esa rareza del pensamiento humano actual, se ha quedado atrapada entre el exceso en lo social y el esperpento de las gobernanzas que se imponen desde el tecno feudalismo.
El triunfo de la falacia y la mentira en una parte significativa de la población que sueña (y se endeuda) ante el horizonte de un crucero veraniego por los fiordos nórdicos mientras instala su alarma anti- ocupación, es terreno, regado de banalidad, para un cambio social pleno de imprevisibilidad. Un cambio en que las clases menos favorecidas fascio-flirtean sin la menor consciencia de lo que supondría, especialmente para esa clase, la llegada del neo-totalitarismo.
Afortunadamente ante ese empobrecimiento de ideas que las oligarquías inoculan en la convivencia, la sociedad crea sus anticuerpos. Esos microrganismos que genera el pensamiento humano cuando realiza un análisis certero de las realidades en que se desenvuelven las sociedades y plantea medidas y propuestas para rescatar a la racionalidad de su encierro. Una de esas propuestas la articula Alberto Garzón en su último libro: "La Guerra por la Energía" .
Retoma este economista logroñés, con gran acierto y capacidad divulgativa, la idea del ecologismo social. Algo que, entre otro autores, ya desarrollara el catedrático de Economía e Historia Económica de la Univ. de Barcelona, Joan Martínez-Alier y que, tal vez haya llegado el momento de considerar: el "metabolismo entre la naturaleza y la sociedad".
El sistema económico en el que vivimos necesita de unas entradas de materias primas y energía y produce unas salidas de residuos. Esto es lo que se denomina metabolismo.
Este sistema se ha sustentado hasta el momento, en materias primas y energía consideradas infinitas de las que, cuando un país no ha tenido suficiente, las ha extraído a la fuerza de otros países a los que ha colonizado y explotado, pero siempre pensando en la infinitud de esas cantidades. Los residuos de ese metabolismo de energía y materiales se han emitido al entorno en el convencimiento suicida de que sería reciclados por los ecosistemas. Esto, pese al informe del Club de Roma, se ha venido considerando como NORMAL y existe, entre las castas dirigentes, la voluntad de actuar como si así fuera. Unas castas, conviene recordar, que elige a los mayores histriones de sus grupos sociales para que seduzcan a la masa de la población.
Pero estamos ante otro escenario, radicalmente distinto, que justifica la calificación de NO NORMAL. Una situación determinada por la disminución continuada de energía procedente de combustibles fósiles y nucleares y también de escasez de materiales necesarios para mantener el sistema productivo y energético tal como estaba concebido.
Pese a todas las pegas del negacionismo sembrado desde la oligarquía global, cada vez es más evidente que los ecosistemas no alcanzan a realizar el reciclaje de residuos sólidos, líquidos y gaseosos. La circularidad no es posible, nunca ha sido posible, el reciclaje total no se produce debido a la cantidad y la composición de lo que excretamos. El cambio climático por causas antrópicas, es solo uno de los testigos de esta situación.
Durante la mayor parte de la era industrial, el impacto de la actividad humana fue relativamente pequeño en relación con el conjunto de la biosfera. Vivimos un mundo con recursos naturales abundantes aunque, por definición, fuesen finitos. Ese fue el tiempo “NORMAL". pero, de forma imperceptible para las vidas particulares, la actividad económica humana ha crecido hasta desbordar la capacidad del planeta. La acumulación de conocimiento científico ha ido confirmando la idea de los límites planetarios, la huella ecológica, la pérdida de biodiversidad, el cambio climático y, con ello, la seguridad de que lo que era finito pero abundante, dejaba de serlo.
Este relato de disputa por los bienes disponibles ha sido marginado por la economía oficial. En el pensamiento económico convencional el concepto de que los recursos naturales son finitos brilla por su ausencia. Tal como le pasa a la Inteligencia Artificial, el pensamiento económico solo parece contemplar los escenarios pasados y diseña el futuro de acuerdo a lo ya vivido sin considerar ni de lejos, el salto conceptual que la realidad reclama.
Cuando las fuentes de energía se interrumpen, todo el metabolismo se tambalea. Y es más fácil que esos flujos dejen de llegar cuanto más escaso sea el recurso o cuanto más concentrada esté su extracción y procesamiento.
Conviene recordar lo concentrados que están los combustibles fósiles a escala mundial: solo tres países (Estados Unidos, Arabia Saudí y Rusia) concentran más del 40% de la extracción de petróleo, y un porcentaje aún mayor en el caso del gas natural, encabezado por Estados Unidos, Rusia e Irán.
Si los hidrocarburos están concentrados, los minerales que se necesitan para la transición energética lo están todavía más, y eso es algo de lo que poca gente es consciente. Los llamados minerales críticos, imprescindibles para la producción de tecnologías renovables y sus industrias derivadas, presentan grados de concentración superiores a los del petróleo.
China controla más del 80% de las tierras raras, alrededor del 70% del cobalto y cerca del 60% del litio. La combinación de azar geológico y política industrial ha conducido a un escenario donde los elementos cruciales del metabolismo de las sociedades modernas están en muy pocas manos. Manos dispuestas a matar a millones de seres humanos para mantener la riqueza de la oligarquía, una oligarquía cada vez más reducida, más enriquecida y totalmente ajena a cualquier ética social. No es la primera vez que pasa.
El "Mundo Lleno" tiene una geografía precisa: unos pocos países y un puñado de minas y refinerías que controlan los flujos físicos de los que depende todo lo demás. Y sobre esa geografía se está levantando la crisis política que ya parece hipernormalizada en una sociedad anestesiada ante el sufrimiento del "otro" por mucho que el Papa de Roma se pasee "urbi et orbe" apuntándose al espectáculo universal, al pan y circo de siempre.
Para quien quiera mirar la realidad más allá de su ombligo, se revela la fragilidad estructural de un sistema económico construido sobre una base material extremadamente concentrada y finita. Vivimos en un mundo dependiente de polímeros sintéticos y fertilizantes cuya existencia depende de flujos continuos de petróleo y gas que atraviesan unos pocos cuellos de botella geográficos. Cuando esos flujos se interrumpen, como ocurre ahora en Ormuz, se tambalea el suministro energético y se resquebraja el metabolismo social que sostiene la vida cotidiana en las economías industriales.
La cosa va más allá de quién controla el Golfo Pérsico o el estrecho de Ormuz, y apunta hasta qué punto es viable sostener indefinidamente una civilización basada en la expansión de una infraestructura petroquímica global que, tarde o temprano, se enfrenta a sus límites físicos. Deberíamos empezar a comprender que vivimos en una anomalía histórica facilitada por los combustibles fósiles y la necesaria adaptación implica mucho más que una simple transición energética: exige repensar la base material sobre la que se organiza la economía global.
Ante la imposibilidad de seguir disponiendo de energía y materiales en la concentración a que estábamos acostumbrados, al capitalismo imperial no le queda otra que utilizar medios militares para hacerse con los recursos en segundos países. Cañones o mantequilla.
La sociedad de la opulencia ha comprado el relato de la confianza irracional en la tecnología. Una compra-venta interesada promovida por los medios de comunicación controlados de una u otra forma por las oligarquías dominantes que conducen a una peligrosa desorientación producto de una falta de interpretación de los que ocurre. Gracias a la tecnología podemos ir cada vez más rápido, el problema es que no se sabe a donde.
Ante esta avalancha de sinrazones que corren el peligro de hundirnos en una depresiva "eco-ansiedad" se hace indispensable comprender las causas para luego actuar de manera consecuente y atreverse a creer que se puede reorientar el modelo hacia soluciones sostenibles y democráticas. Esa es la labor de los anticuerpos, la vacuna contra la desesperación y la activación de la militancia de vida y compromiso que nos devuelva el vigor de lo que supone el SER AHI.
Ser es hacer.
Immanuel Kant












